Crónica de un Covid imprevisto

Ha pasado más de un año desde que en mi país (México) dieron la noticia de que también entraría en fase de “cuarentena” a causa del virus que lamentablemente aun no se logra controlar. El martes 4 de agosto, viajaba feliz en el trasporte publico rumbo a mi trabajo, agradecida con el Señor porque el viernes de esa semana celebraría mi primer aniversario en una empresa donde tuve la oportunidad de crecer en muchas áreas que creía ya completamente perdidas. (Eso lo contaré en otro post 😊)

Supe ese día que el Señor ya estaba preparando mi mente para afrontar lo siguiente, pues ya habían transcurrido 5 meses desde que el coronavirus había llegado a mi ciudad y no se había enfermado nadie de mi familia ni amigos cercanos. Al llegar a la terminal de mi camión, tuve un accidente no grave, pero si doloroso pues no me percaté de un bloque de cemento suelto en la banqueta y terminé estrellándome en la cortina de un local a unos 3 metros de la bajada. Tuvieron que ayudarme amablemente a levantarme. Me dolía el cuerpo, las piernas y los dedos de la mano comenzaron a ponerse morados. Abrí la oficina 15 minutos tarde debido al dolor y mi lentitud para caminar debido al golpe, en fin, tomé una pastilla para desinflamar y calmar el dolor y continué con mi jornada laboral.

Para el jueves, al levantarme, el dolor de mi cuerpo era un poco molesto, me dolía la cabeza, y comencé a tener síntomas muy ligeros de un resfriado, mi voz comenzó a sonar un poco ronca y mi oído derecho me dolía. Como ya tenía más de un año sin enfermarme de vías respiratorias no tomé las precauciones necesarias. Fue hasta el día siguiente (viernes) que el dolor en mi espalda me causaba muchas molestias y me sentía muy cansada. Pero yo estaba celebrando y agradeciéndole primeramente al Señor por un año completito de trabajo, a mis jefes y compañeros por la oportunidad y el ambiente laboral ameno que se dio ese año. Que resistimos los cierres de dos meses completos ordenados por nuestras autoridades, y ya, en la última hora antes de salir, mi jefe me dice: “Ve mañana a un doctor para que te revise por ese dolor que tienes, mejor descartar toda posibilidad”

El sábado (8 de agosto) me levanté, recuerdo haber dado gracias por un nuevo día y después de un rato me dispuse a hacer el desayuno. Justo picaba la cebolla cuando me percaté que ésta no despedía ningún olor. Fue curioso, pero alarmante. Tomé un ajo, lo pelé, lo partí a la mitad y lo acerqué a mi nariz. Grité en broma a mi hermana que estaba en el baño o sala ¿Quién sabe? “No puedo oler la cebolla ni el ajo” Ella se acercó riendo y me dijo “a ver, muéstrame” y nuestra risa se transformó en preocupación cuando revisé en Google cuales eran los síntomas por covid-19

“Falta de olfato y sabor, entre otros.”

Terminamos de desayunar yo con algo de nauseas porque la comida no tuvo ningún sabor para mí. Llegué al consultorio, la doctora al verme sin acercarse demasiado me pregunta los síntomas y acto seguido me da un papel para que apuntara lo siguiente:

“Llama a este número, ellos te dirán que hacer porque las probabilidades de que tengas covid son muy altas”

Salí del consultorio, mi hermana me miró y al verla recapacité que toda la semana pude haber estado contagiada y el único lugar donde nunca usé cubrebocas fue precisamente en casa. Sabía dentro de mi que mi torpeza podría ocasionar el contagio de ella y aunque no tenemos ninguna enfermedad crónica, era cuestión de “¿suerte?”. Caminamos para comprar vasos y cucharas desechables para evitar cualquier contacto con los trastes de la casa. Compramos más cloro, trapos, gel y toallas desinfectantes. En todo el camino me olvide del Señor y que él estaría con nosotras. Llegamos a casa y lo primero que hice fue llorar, porque ahora, ya ambas con cubrebocas, sentí que fui indiferente con la salud de mi familia, la única familia que se ha quedado a mi lado.

Le pedí perdón a mi hermana por no sospechar que pudiese estar enferma y no haber tomado medidas de prevención. Ella me animó y me dijo que todo saldría bien, que Dios estaría con nosotras. En fin, después de un rato llamé al número que la doctora me dio, tomaron mis datos, me asignaron un folio y seguido de las instrucciones que no debía olvidar y hacer en casa y estar en cuarentena de dos semanas mínimo. Me dijo el doctor al otro lado del teléfono:

“Debes mantenerte tranquila, la probabilidad de contagio a tus familiares es alta, debes saber que no es tu culpa, avisa a todas las personas, amigos y compañeros de trabajo con quien hayas tenido contacto esta semana y diles que deben estar al pendiente de sus síntomas o hablar para hacerse una prueba.”

Me sentí fatal, todo el tiempo cuidándome en el transporte, en la oficina, acatar la regla de “quedarse en casa”, para que al final la responsabilidad de mi contagio fuese por otro familiar quien prefirió ir a pasear a la playa, venir enfermo y no informarme de su situación. Mi propia madre, con la que llevo mas de 10 años sin vivir con ella, pensó correcto salir a vacacionar a la playa donde sus hermanas también presentaban síntomas de covid y no nos lo hizo saber.

Yo estaba molesta. Porque al lunes siguiente al avisar en mi trabajo, todos los planes que yo hice a futuro se vinieron para abajo. A mis jefes no les agradó la idea de una incapacidad de 15 días. Comencé a tener conflictos con ellos. Justo 3 días después de que se cumplía un año trabajado y que todo fuese agradable, se caía en pedazos. Me obligaron a trabajar desde casa aun con incapacidad y otros días tuve que ir a la oficina sino quería ser despedida.

Empezaba a temer por los siguientes meses pues debía pagarse la renta de la casa y las compras necesarias para alimentos y medicamento. No tuve tiempo para descansar, para tomar esta enfermedad con tranquilidad. Me sentía ansiosa, junto con la perdida de olfato, el hambre se me quitaba pues mi estomago resentía los alimentos. Fue ahí donde aprendí a agradecerle al Señor por cada uno de mis sentidos. Nunca medité tanto en la importancia de oler y probar. Como se conecta la nariz con el cerebro, con los ojos, con el tacto. No podía oler mi taza de café, cada alimento se tornaba un poco nauseabundo. No podía conectar con mi cabeza las ganas de alguna comida o bebida.

Mi falta de descanso hizo que mi perdida de olfato se prolongara más de lo debido. No sabía si la comida guardada ya estaba echada a perder. O si tenía buen sabor. Mi cabeza comenzó a presentar fatiga, no podía concentrarme, perdía palabras al momento de hablar, quería levantarme como de costumbre para ir a mi trabajo, pero mi cuerpo estaba tan pesado que llegaba hasta una hora tarde a la oficina. Los problemas con mis jefes se incrementaron, me trataban con discriminación y no volvieron a visitarme pues temían que los fuese a contagiar.

Tenía coraje con mi madre por no haber sido precavida con su salida y su salud. Tenía coraje conmigo porque efectivamente mi hermana a los 4-5 días de realizarme la prueba y salir positivo, comenzó a tener los mismos síntomas.

Me sentía derrotada, había días donde me recostaba en cama, lloraba, y pensaba, ¿por qué lo haces Caro? Hay gente afuera muriendo, gente hospitalizada, gente que no volverá a ver a su familiar, ¿por qué lloras?

Sentía coraje porque las redes sociales estaban llenas de risas e incredulidad, mientras que a mi se me fugaban mis “planes”. No tenia deseos de levantarme ya, las secuelas del virus trajeron a las dos semanas de la “alta” otra enfermedad parasitaria donde tenía fiebres de más de 40°C, me daban ligeras convulsiones y el dolor en el cuerpo era insoportable. Tenía miedo de morir, era la primera vez que le dije al Señor “No quiero dejar a mi hermanita sola, Señor” ¿Quién verá por ella si me voy contigo?

Las fiebres iban y venían y ningún doctor quería revisarme debido a que todos creían que tenía covid. Me recetaban el mismo medicamento que a todos, y me enviaban a casa. Me sentía tan enferma y desanimada, ¿Cómo era posible que no hubiese empatía de los doctores para buscar otras alternativas a dicho virus? Probablemente era porque ellos también estaban exhaustos. Cansados de ver las filas donde yo estuve formada 3 veces, en el suelo desde las 6 de la mañana hasta las 5 o 6 pm cuando tocaba mi turno de atención, donde a lo lejos se oían algunos llantos o corajes de personas que recibieron la noticia de que su familiar había muerto. De jóvenes que tomaban la situación a juego y veían su propia cuarentena como la oportunidad para irse de viaje, pues sus pruebas daban positivo y solo iban por la incapacidad. Su ventaja, ser asintomáticos.

Reconozco que no medito en mi muerte, se que tengo esperanza en Jesús, pero era la primera vez que postrada en cama creí ser más que Jesús para la vida de mi hermana. ¿Quién la iba cuidar?

Jesús la iba a cuidar, él estaría con ella si yo faltaba y mi preocupación se desvanecería por un descanso eterno y pacífico. Yo no era nada, y un virus lo estaba demostrando, la humanidad estaba siendo destrozada por un ser invisible que nos hace tener miedo de nuestro futuro. La diferencia más grande la hace y la hará Jesús.

En mi cabeza sonó el himno como si Jesús mismo me lo estuviese cantando.

“No tengo temor, no tengo temor, Jesús me ha prometido, siempre contigo estoy”

Ahí aparecieron otras respuestas que creí perdidas. Los mensajes de ánimo, de oración de jóvenes que no conocía en persona, algunos me cantaron alabanzas, oraron al otro lado del teléfono, me enviaron mensajes dándome ánimo. Mientras yo escuchaba todo el himno en mi cabeza, y mi temor más grande se había ido.

Debo decir que el periodo de enfermedad a sanación total fue de casi ocho meses, a finales de abril del 2021 pude volver a percibir por completo todos los olores, creo. Hubo un doctor que el Señor uso a mediados de septiembre y con los análisis correctos me dio el antibiótico para aliviarme de la enfermedad que los demás doctores seguían confundiendo con covid. Perdí mi empleo a finales de octubre, y el Señor un año después de esa enfermedad, tal como el himno.

No me dejó, pues siempre conmigo esta.

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